Carlos Pistelli

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Apuntes para analizar la Deuda Externa.

Trace ud. lector/lectora una línea imaginaria en la Historia Argentina y en ella encontrará muchos pasajes cambiantes de nuestra rica epopeya de ser Patria. Pero si hay una línea que se mantiene por los tiempos hasta estrujar la vida en cualquier tiempo, esa línea es la Deuda Externa y nuestra relación con la misma.

La Deuda Externa es la historia universal de una infamia, una de las mentiras más descaradas existentes, además de un negociado de aquellos. Un elemento de dominación constituido por los países metrópolis auxiliados por los elementos de poder interno de un país, desinteresados de su Pueblo, y siempre listos para hacer negocios propios con el sudor ajeno. En la constitución de los Estados Americanos, estos terminan funcionando como una garantía de pago de las deudas contraídas, más que para desarrollar nociones básicas de Nación.

Podemos resumir, so riesgo de ser simplistas, que los tres actores fundamentales de la economía de un país son el Estado, las corporaciones económicas de un país, y el siempre listo Imperio Metrópoli, auxiliado, en estas alturas, por los Organismos de crédito financiero. El Pueblo, como un conjunto ligado entre sí por emociones trascendentales, tiene ingerencias entre estos tres, si el Líder que lo conduce tiene sentimientos patrióticos cargados como para equilibrar la balanza, Con los recursos y la actividad del Estado, puede dar la pelea en términos igualitarios. Mas si encima el conductor del país carece de los mismos, mal la pasará el pueblo que le ha permitido conducirlo.

En una nota describí como se fue constituyendo la Nación Argentina, y cómo, la batalla de Pavón ha sido el episodio más trascendental de nuestra corta historia.
https://carlospistelli.wordpress.com/2013/09/13/i-pavon-batalla-trascendental-de-nuestra-historia/

Introducción a la problemática.

Mientras culminan las guerras emancipadoras de España, y las provincias intentan la organización de la Nación-Estado, se terminan de delinear, a su vez, las nacionalidades surgentes de la Independencia. Un actor preponderante espera en la gatera, su momento de actuar, relamiéndose la boca, y frotándose las manos con indisimulada alevosía conquistadora. George Canning, a la sazón canciller británico, espeta: Reconozcamos la Independencia de los nuevos países, que vendrán de rodillas a pedirnos que los ayudemos a constituirse como tales. Y Canning la pegó como ninguno.

El Puerto de Buenos Aires se alza contra la República desde tiempos inmemoriales. Abusando del contrabando en la época colonial, aprovechando su posición geográfica, ha crecido en detrimento de los de adentro. Las Guerras por la Independencia, y las Guerras civiles perpetradas desde el Puerto contra los levantiscos pueblos que ven a Buenos Aires como una suplantora de España, sumados a la libertad de comercio que dictan los eruditos porteños, postran las economías regionales. El único gran ingreso que teníamos los pueblos del Plata eran las divisas que entraban al Puerto, debido a la desolación reinante. José Gervasio de Artigas, caudillo oriental de los pueblos bajos del Litoral, es el primero en comprender la situación. Y confronta, debe hacerlo, con Buenos Aires. La situación de guerra civil en medio de la guerra emancipadora, está en un virtual empate. Quiénes deben desempatar para el provecho de los pueblos, son José San Martín y Manuel Belgrano, jefes de los ejércitos libertadores. Pero ninguno de los padres de la Patria se la jugó por esta cuestión existencial, en aras de vencer a los realistas circundando a su provecho la problemática.

La guerra toma caracteres de vida o muerte. El Puerto llama al Portugal en su auxilio, y Artigas manda invadir Buenos Aires. Artigas es acabado en Tacuarembó aunque sus lugartenientes ingresan triunfales en la plaza de Mayo; Pero en un santiamén, abandonan las nobles banderas del artiguismo y lo confrontan crudamente. Artigas es vencido, Belgrano ha muerto oscuramente, y San Martín se encuentra aislado en Perú. Al Puerto de Buenos Aires no le interesa la finalización de la gesta emancipadora, ni mucho menos los pueblos de adentro. El Puerto pretende mejorar las radas de su muelle, iluminar sus calles, y fundar poblaciones costeras. Pero para eso, es necesario pedir prestado, porque con lo que hay, parece que no alcanza.

Ahora nos meteremos de lleno en el desarrollo de la Deuda Externa Argenta.

El famoso empréstito de la Baring.

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Ha surgido el ‘padre de las luces’. Un botarate estilo Mauricio Macri en la actualidad, un Fernando De la Rúa, si quieren ampliar un poquito. Ha surgido don Bernardino González Rivadavia.

Rivadavia es un personaja a medida. A medida de los intereses británicos. Lamentablemente para ellos, el tipo era un botarate enterito. Y su personalidad nefanda consiguió unir, algo pocas veces visto en la historia, a toda la argentinidad en una patriada nacional, federal y popular. Pero nos dejó un presente de donde empieza todo esto de la Deuda Externa.

En 1824 la Legislatura Bonaerense, con la oposición de los nucleos federales que rodean a don Manuel Dorrego, autoriza la concertación de un préstamo con la casa Baring de Londres. Cuya cantidad alcanzará el millón de pesos de la época tomados al 85%. Es decir que nos endeudamos por un millón para recibir ochocientos cincuenta mil.

Los cuatro concertantes del empréstito, tres argentinos y un avivado inglés, se toman el gasto recurrente desde entonces, de cobrarse una comisión por realizarlo. Que alcanza la friolera cifra de ciento cincuenta mil pesos.

De los 700 mil que quedan, la Baring, adujendo que nuestro país entrará en una crisis política (Son visionarios los tipos) se quedan con un depósito de 140 mil por si las dudas.

De los 560 mil restantes, llegaron al Plata unos sesenta mil redondeando, entre pagarés vencidos de viejas deudas contraídas de gobiernos anteriores, y dos mil libras incluídas.

De los 500 mil que han quedado, caído Rivadavia, los nobles varones de la Baring se ofrecen a depositarlo en un Banco a un 3% de interés pero debiéndoles pagar un 4% por gastos de mantenimiento de la cuenta.

Es decir, que del millón que empezaremos a deber, no vimos ni un mango.

En el medio de tal negociado, los del Puerto han creado un Banco “Nacional” que tiene la costumbre de prestarle plata al general Lecor, brasileño, que está en medio de una guerra internacional y necesita medios para adquirir armamentos. La guerra internacional era contra nuestro país. Cuando el general Las Heras, comandante en jefe argentino, por delegación de las provincias, pide que le presten a él y le corten el chorro a don Lecor, le niegan sistemáticamente sus pedidos, hasta despedirlo de su cargo.

¿Puede existir mayor infamia qué los que le acabo de contar?

Pero así empezó la historia, que en notas posteriores, seguiremos detallando.

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4 comentarios

  1. paul

    La Confederación inició su etapa constitucional con serios problemas económicos y financieros: falta de recursos, dependencia del puerto de Buenos Aires para el comercio exterior, trabas interiores derivadas de las aduanas provinciales y derechos de tránsito, dificultades en las comunicaciones y en el tránsito de mercaderías, escaso desarrollo de la agricultura y estancamiento de la industria artesanal. La organización del tesoro nacional presentó dificultades por la escasa recaudación de las aduanas exteriores de la Confederación y la falta de un sistema impositivo eficiente; de allí la penuria económica de la administración confederal.57 Tampoco se acertaba a crear un sistema bancario confiable, por lo que el crédito le resultaba muy costoso y los sucesivos intentos de emitir papel moneda terminaron en tantos fracasos.58
    Un proyecto del ministro de Hacienda, Mariano Fragueiro, llevó a la creación del Banco Nacional de la Confederación, que abrió sus puertas en 1854 y emitió papel moneda. Pero éste carecía de respaldo, de modo que se debió declararlo de curso forzoso; las provincias lo rechazaron y los comerciantes se negaron a aceptarlo. El banco debió cerrar y se retiró de circulación el papel moneda.59
    Entonces se decidió atacar la estructura económica del país dividido, que beneficiaba a Buenos Aires: la Ley de Derechos Diferenciales –sancionada en 1856– buscó incrementar el comercio de la Confederación con las potencias extranjeras y perjudicar los intereses de Buenos Aires. La ley establecía que las mercaderías extranjeras provenientes de cabos adentro –esto es, previamente desembarcadas en otro puerto del Río de la Plata– que se introdujesen en la Confederación pagarían el doble del derecho ordinario al que estaban sujetas las que entraban directamente a los puertos de la Confederación; una ley posterior estableció derechos diferenciales a la exportación.60
    Sin embargo, las medidas no dieron los resultados esperados: aunque aumentó el volumen comercial en el puerto de Rosario e incluso un financista brasileño —el Barón de Mauá— fundó un banco en esa ciudad, Buenos Aires seguía siendo el centro financiero del país. La necesidad apremiante de dinero fue solucionada con nuevos empréstitos, como los contratados con Mauá, pero los intereses a que se pudo conseguir el dinero fueron excepcionalmente altos, llegando al 24%. Urquiza llegaría a la conclusión de que el único camino para terminar con los problemas económicos de la Confederación era la reincorporación de la provincia disidente a cualquier precio.61

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