Carlos Pistelli

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Belgrano y San Martín, historias de una amistad VI.

Belgrano releía la orden mandada por el Director de Estado Gervasio de Posadas. El tío político de Carlos Alvear le miraba sentado en su sillón, con su ironía acostumbrada. Posadas estaba en el puesto a condición de obedecer las indicaciones de su sobrino, un ambicioso sin tapujos. Belgrano le conocía de años atrás. Y nunca le perdonó el haber faltado al Cabildo del 22 de mayo de 1810 por encontrarse firmando “una herencia”. La orden mandada enviaba al vencedor de Tucumán y Salta a una misión diplomática a acompañar a Rivadavia, su amigo, y a Manuelito Sarratea, el joven pelucón del cual tantas sospechas sexuales la sociedad porteña tenía. Belgrano no quería partir de Buenos Aires tras haber arribado una noche antes, en menos de dos semanas, pero se sabía parte mayúscula de una Patria Grande, y aceptó el cometido. Belgrano, con un ademán mínimo, aceptó lo firmado por Posadas y sus ministeriales. Posadas le miraba aun sentado, y al fin le chantó:

Posadas

Ha visto el desprestigio en el cual he entrado por culpa de ‘su amigo’ San Martín?

            Belgrano, apenas le observó:

El tesoro que usted trajo del Potosí tras la Campaña al Alto Perú y que yo había embargado para levantar deudas de estado, el susodicho amigo suyo los apropió para pagarle a la soldadesca. Le he pedido, que por ahora, pase por obedecer que por cumplir, pues me ha dejado como a un cochino con nuestros acreedores.

            Belgrano observaba que Posadas le quería soltar la lengua, pero permaneció callado.

– Ha llamado a las huestes del caudillo Güemes, ese del cual usted me ha hablado, como a los “gauchos” que han derrotado al español. ¿Qué palabra vulgar es esa que utiliza este coronel?

            Belgrano le miraba sin hablar.

Le he dicho que mejor se exprese como “los bizarros paisanos a caballo”, pero me ha resultado desobediente el Coronel.

            Belgrano le miraba sin hablar

– Y ha tenido palabras de elogio hacia usted…

            Belgrano respiró hondamente, y le miró intrigado,

– Dice que usted es de lo mejor que tenemos en la América, y doy por seguro que lo dice de a de veras.

            Belgrano se sonrió por la ironía. Pero Posadas se irguió contento, sonriente, posando ya su puño sobre la mesa y haciendo movimientos con su otra mano

– Sí, es difícil de tratar el “cara de indio”, el hijo bastardo de los Alvear – Belgrano se ruborizó ante tamaña infamia – Seco, introvertido, y mal llevado de miércoles. Se que usted me ha pedido la baja del Ejército molesto con él – Belgrano quiso interrumpir, pero Posadas se lo impidió concediéndole la molestia – Es un mal llevado. Como ese Moreno, doctorcito jacobino. Tiene su carácter y su vulgarismo bien escondidos. Se lleva mejor con la chusma y los crotos que con la gente de elite. Es un militar bien formado, pero no pasa de ser un militar de cuartel. Necesitamos gente así los ciudadanos cívicos como usted y yo, doctor. Militares que hagan la guerra mientras nosotros administramos los asuntos de Estado. No he entendido, ni entenderé jamás, porque usted y su primo, como Pueyrredón y mi sobrino Alvear, tienen debilidad por la carrera de las armas. Yo mismo me iría a descansar a mi Estancia pero tengo que tratar asuntos de Estado, y aquí me tiene – dijo Posadas con falsa modestia – de Jefe de Estado del País. Y ante todo – mostró sus dientes de odio el Director Portuario – y ante todo está ese anarquista de Artigas en el Oriente. Le mandaría con tropas frescas a someterlo, dado su prestigio, porque se que no se parará en medios en poner en carpeta a ese insubordinado.

            Belgrano le miraba pensativo y movió las cortinas para mirar por el ventanal.

– Buenos Aires, doctor, este villerío inhóspito donde no me asiento – se quejó el Director. Después me cuenta de Londres y de todas esas capitales europeas. Lo noto cansado en su silencio. Vaya a su casa, dese un baño, arregle sus asuntos personales, y haga un servicio más a la patria, quien ha sido llamado: el Mayor Servidor de la Causa.

            Posadas se secó la transpiración, estrechó la mano de Belgrano, le acompañó hasta la puerta del Fuerte, miró el cielo gris, y se volvió a su despacho. Belgrano observó a la parejita caminar por la Plaza mayor, camino a la Recova, y con ellos se encaminó

– Para evitar el escándalo familiar, general, Juan y yo nos haremos cargo del hijo que tuvo con Josefa, le dijo su cuñada de hecho, a la que sus padres llamaron Encarnación. Le llamaremos Pedro, si es varón.

            Belgrano le dolía en el alma ser el mayor servidor de la causa, y no poder hacerse cargo del hijo que tuvo con Josefa por razones sociales y de Estado. Puso a la Patria por encima de su desprestigio social, cerró los ojos, miró al Cabildo Histórico, apenas una vez, y cerró los ojos para no llorar.

rosas2

            La mujer le seguía hablando de deberes, escándalos y la religión, de la salud de Josefa. Su joven marido apenas le miraba con esos ojos celestes claros que dominarían al país veinticinco años dentro de quince, años. Ese joven atractivo a los ojos de las mujeres que pasaban junto a él, no pasaba de los 20 años, ya había dejado el hogar de sus padres, rompiendo relación con ellos, dejando de usar el apellido paterno por un modismo adoptado. Su energía parecía serena y fría, al costado de esa mujer dominante y matrona que parecía traerlo de los agujeros de su nariz. Belgrano le miraba con desgano, hasta sonriendo de verlo como a un pollerudo.

– El gobierno me ha encomendado una misión diplomática al exterior, y será lo mejor para guardar las formas entre nosotros. Déjele un beso a Josefa, dígale que prefiero, toda la vida, otra vuelta de destino, pero ella se ha empecinado a no verme más. Os dejo, pues, y me duele en el alma no saber nunca más, que será de mi hijo, y de su futuro – Saludó y les dejó.

            Encarnación le miró irse, cansino, viejo y triste:

Pusilánime, se me escaparía, si no supiera que da la vida por sus ideas, dijo la mujer.

Pobre General, lo tratan de bueno, demasiado, y no ha tenido el valor de deponer a estos gobiernos que nos han tocado en suerte

Vamos Juan! Deja de defender lo indefen…, pero ya la mirada de la mujer bajó la vista ante esos ojos celestes y magnéticos. La indomable Encarnación Escurra no encontraba otros límites que la pasión simulada que su marido Juan le imponía desde la rigidez de su impostura, desde su humor negro, desde su ironía de gaucho pícaro como le decían los Dorrego.

Juan Manuel de Rosas, el marido joven de Encarnación, de él hablábamos, se haría cargo del hijo del general Belgrano, del primogénito del cacique Namuncurá, Manuelito Rosas, de sus propios hijos con Encarnación, Juancito y Manuelita, de los varios naturales que tendría con sus criadas y hasta le achacarían, como infamia a ambos, la paternidad del propio Hipólito Yrigoyen, pues su madre, Marcelina Alem, la hermana de Leandro, era cortesana del Palacio de Palermo en los jardines de la época dorada del Rosismo.

            Rosas se pensaba, viejo, empobrecido y taciturno, en sus noches a las afueras de Londres, sesenta años después, que si otros hubieran escrito la historia, también le hubieran endilgado otra paternidad: más pretendida, generosa y prestigiosa: la de la misma Patria, que atinó a defender y dignificar, como ninguno.

Belgrano, hablando junto a Rivadavia, miraba desde la chalupa el muelle roído de Buenos Aires, yéndose a Europa. Por un año se alejaba del centro de la escena política emancipadora, de la cual era actor emblemático, cediéndole espacio y cuerpo, a José de San Martín. Y al siempre denigrado, José Gervasio de Artigas.

rivadavia

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