Carlos Pistelli

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Historia del Radicalismo: Las peleas de Alem con Yrigoyen.

YrigoyenyAlem

La crisis en el Radicalismo.

   Desaparecido Del Valle, quien congeniaba dos caracteres díscolos, las disputas por la conducción del movimiento tomaron ribetes de conventillo.

    Mientras don Bernardo de Irigoyen quedaba como la cabeza visible del partido, bajo sus barbas se inicia la pelea. Don Aristóbulo funda el diario “el Argentino” y les entrega la dirección del órgano radical a Mariano De María y a Lisandro de la Torre. Éste, del grupo de Alem, busca una cumbre con el hombre fuerte de Buenos Aires, Hipólito Yrigoyen. Don Leandro se sonríe de la propuesta, como sabiendo cosas que desconocemos. Ambos aceptan el encuentro, pero el sobrino retacea la reunión hasta producir el enojo final de De la Torre. Con el tiempo, el joven rosarino dejará decir que el suicidio de Alem fue culpa exclusiva del sobrino. Corre por su cuenta, y buenas las pagó por decirlo.

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  El incipiente partido está partido entre dos maneras de jefatura. El abierto, franco y disoluto liderato del presidente del Comité Nacional y el cerrado, meticuloso y sectario del de la provincia de Buenos Aires. Un debate secreto que se va convirtiendo en un franco duelo de comadronas. Casi como la que tuvieron el “Che” con Fidel. A Alem como a Yrigoyen los rodean grupos de jóvenes que profundizan la separación. Para el pueblo y la historia, no había diferencias de fondo, pero el estilo era diferente. Alem era poco organizado, tal como su vida, a diferencia de don Hipólito, tan detallista con todas sus actividades. El idealista soñador chocaba con el principista práctico.

 El segundo dato no menor hay que rastrearlo en el origen político de ambos, más allá de que Leandro inició a Hipólito. El liderazgo de Alem es más porteño, el de Yrigoyen terminará más nacional. Aquí se evidencia la diferencia de edad entre ambos. Definir a Alem como radical es quedarnos un poco cortos con su formación política. En realidad Alem es un federal de antaño, compadrito porteñista, si se quiere, un localista, continuador de la línea Moreno-Dorrego; La Unión Cívica Radical que forma Alem se parece al Pacto Federal de 1831 donde concurren todos los herederos del federalismo; Hipólito es la consecuencia directa de la formación del Partido: Es el heredero del rosismo, del federalismo nacional, de reivindicarse de las claudicaciones del urquicismo y el roquismo. El haber combatido en Cepeda y en Pavón ha marcado la trayectoria del primero. Por eso se retira de la política en 1880, cabizbajo con el hecho de la consagración de Roca y la capitalización de Buenos Aires. En cambio, Yrigoyen es diputado roquista y apoya la idea. Solo cuando observa la desmoralización del Régimen, y sus claudicaciones hacia el mitrismo, lo hacen seguir los pasos del tío. Aquí se vislumbra el tercer dato no menor, de la disputa:

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    Alem es un enconado antirroquista. Yrigoyen, difiere. Es contra Mitre la cosa. Alem busca el concurso de fuerzas cívicas mitristas para enfrentar a Roca. Yrigoyen, a autonomistas que estén dispuestos a acompañarlo en la patriada. Son estrategias de los pagos electorales de cada uno. Capital, el primero, Provincia, el segundo. La mano de Leandro se va extendiendo al país; la de Hipólito, permanece en la frontera bonaerense. Igualmente, aunque se disputaban el liderazgo interno, podían llegar a convivir. El debate partidario era posible, y aunque rivales, respetaban la integridad personal del otro: Por eso, lo siguiente estaba de más:

  Leandro llega a decirle “carrerito desagradecido”, Hipólito “Está mal rodeado, bebe…”. Ambos están dolidos con la pelea pero ninguno baja el decibel, Es más, lo aumentan con el correr de las semanas. Machos tercos y orgullosos como eran… A Leandro se le escapa en una convención partidaria, donde los personeros del sobrino evitaban discutir una alianza con el mitrismo, “Carajo, que estas cosas son del estilo de un canalla: Esto es lo que pasará: El partido se romperá en mil pedazos, Unos se harán anarquistas, otros se harán conservadores con don Bernardo de Irigoyen, la turba multa que persigue al pérfido de mi sobrino se arreglará con Roque Sáenz Peña, y los intransigentes nos iremos a la mismísima mierda”. Era mucho…[1]

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   Los nervios se habían alterado, pero ninguno abandonó el rancho. El Radicalismo, y la política, lo era todo para ellos, y aunque se pelearan como comadronas, mantuvieron cierta convivencia. El respeto hacia la honorabilidad del otro, cubría todas las diferencias. Pero no serían ajenas a estas disputas, lo que vendrá:

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Las muertes de Del Valle y de Alem.

             En enero de 1896 don Aristóbulo del Valle fallece de un infarto. Lo llora todo Buenos Aires, Alem y Pellegrini inclusive. En marzo, los radicales pierden en comicios limpios las situaciones de Capital y Provincia, baluartes de Alem e Irigoyen. El 1º de julio el primero de ellos se quita la vida pegándose un tiro en una berlina de alquiler. ¡Ay, si pareciera que desde el mismo momento de nacer, el desenlace sería trágico!: “Buenos Aires se quedó sin alma”, comentan los personajes de la época. Los radicales perdían al caudillo del romanticismo. Pero permitía el encumbramiento final de su dirigente emblemático.

 Don Leandro no se ha recuperado de la cárcel de 1894. El Senado lo había expulsado tras la Revolución del Rosario. La delicada salud, y su descuido mismo, lo tienen a mal traer. Mal de amores y desalientos continuos lo deprimen. A un amigo íntimo le llega a decir, “hay días que no tengo ni para el tranvía”. Una polémica epistolar con Pellegrini en el ’94, lo deja en ridículo. Y todavía más cuando su sobrino predilecto, el hijo “que me faltó parir”, le hacía las veces de contendiente en la dirección partidaria. Pero aquí nos detendremos un segundo.

Alem ha fundado el Movimiento Popular que redimiera a la República. Democrático, Argentino, Ético. ¿Pero cuánto de democrático había en Alem al no cederle el paso a las nuevas generaciones que venían a conducir con tino el triunfo de las aspiraciones mayoritarias, lo que él sabía no poder hacerlo ya? Entonces se descubre un velo de la política americana muy fuerte. Los grandes caudillos de la Causa quieren liberar a los Pueblos, pero el aplauso de la masa es más fuerte. Si tanto creen en sus ideales porque no correrse a un lado para que conduzcan los que vienen detrás. Que ellos, por otra parte, procuraron templar. Es que ellos mismos sufren un deterioro ético grandísimo: Pensar que las estructuras fundadas en provecho de los Pueblos les pertenece. Y no hay derecho en desprenderse de ello. Todavía éramos demasiados patrones de estancia, pese a todo.

A Alem le iba la vida misma en la política. Y hombre de su edad y carácter, no podía ser otra cosa que el líder del Radicalismo. Otra cosa no le cabía en la cabeza. Cuándo su propio sobrino empieza a crecer en la opinión, ¡su propio sobrino, el mismo hijo que él se había escogido criar!, no le cede el mando para acompañarlo con consejos paternales. Ni siquiera a Del Valle en 1893, su hermano de alma. No. El Radicalismo liberaría al país pero solamente Leandro Alem conduciría el proceso libertario.

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   La grandeza ética de Alem, y sus grandes sinceridades en su lucha contra el régimen, sus esfuerzos y denuedos prueban querer cambiar las cosas para mejor. No hay duda de ellos, y ustedes habrán visto que sólo procuré formar una gran opinión del viejo Leandro. Pero mi gran cariño hacia él, me obligaba también a esta crítica. Lamentablemente, ciento quince años después, al Radicalismo solo le quedan los vicios de Alem y de Irigoyen. Y otros peores, a los cuales jamás los próceres hubieran cedido. Pero esa ya es otra historia.

    Le ha llamado la atención el suicidio del presidente Balmaceda de Chile[2]. Antonino Reyes, el secretario de Rosas, vuelve de un largo exilio y Saldías se lo presenta: “Cómo murió mi padre”, le espeta de entrada: “Como un valiente”, recibe como respuesta. Eso lo tranquilizó un tiempo, porque para él, el coraje lo era todo. Seguía siendo el compradrito de Balvanera, pese a los años. No pudiendo querer formar familia, criando a su hijo Leandrito como padre soltero, amando a la viuda de su mejor amigo, y pobre hasta llegar a la miseria, su depresión empeoró. Unas polémicas con Pellegrini lo han dejado mal parado, pero su popularidad se mantenía. Desencantado hasta con él mismo, convoca a sus más estrechos colaboradores, escribe varias cartas[3], y, al subirse a una berlina de alquiler con destino al club Progreso, se quita la vida. Perdonen este mal momento, pero quería descansar entre gente amiga, lee Roque Sáenz Peña una carta que le encuentra en el saco. La sensación de tristeza nos invade. ¡Si hasta pareciera que desde la injusta muerte del padre en 1853, el destino final sería el suicidio! Sombras del más allá que vienen a buscarme, qué quieren de mí, ¡Yo no declino la frente en la batalla!, había escrito de pibe. Guido y Spano le dice que deje la política, “Lo suyo es la poesía”. Como me pasa con el “Che”, pareciera que sus vidas eran un largo aventurero hasta encontrar la muerte deseada.

 ALEM

A Leandro Alem, grande hombre de la Patria, Salud!

Perdón por no nacer en tu época para calzarme la boina blanca y el fusil de combate revolucionario!

 

   Era soñador, era un poeta. Su barba blanca ondeaba como una bandera de redención. ¿Justo? Lo era. ¿Sabio? Merecía serlo. ¿Desinteresado? Nadie lo fue tanto. Sólo le faltaba la cruz del martirio y la labró con sus propias manos. Condenarle a él, es condenar a Catón. El suicidio es la mayor de las heroicidades cuando el vivir es una cobardía…

   Era un soñador, era un poeta… El genio de las democracias fue su espíritu, espalada de la razón de la defensa, la integridad su escudo. Azotaba a las multitudes con su palabra de acero, las arrancaba gritos de entusiasmo y las incitaba a marchas contra el enemigo del bien…

   Era un soñador, era un poeta… Él soñó cantar la epopeya de un pueblo y vio morir sus esperanzas. Todos hemos contribuido a cavar esa tumba y a empujarle hacia ella. La muerte de Alem es un crimen de todos nosotros.

Manuel Ugarte,

(Revista Literaria, 15 de julio de 1896)

 

[1] … pero la pegó.

[2]El diario “La Razón” de Montevideo, en su edición del 14 de julio, recuerda al doctor Alem, y trae del recuerdo un artículo del doctor José Ma. Ramos Mejía, de la primera edición de La Biblioteca, el diario del escritor Paul Groussac, a la sazón director de la Biblioteca Nacional, hasta su muerte en 1929. El artículo se llama Las tentaciones del suicidio. Muchas de las palabras del artículo de Ramos Mejía, se ven más luego en el testamento de don Leandro.

[3] Dejaba su famoso testamento político, y unas cartas a allegados y a sus sobrinos Martín e Hipólito y otra a su hijito Leandro: “Te doy un beso en la frente para que te conserves puro. Ésa es tu herencia”.

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