Carlos Pistelli

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9 de agosto de 1914, Muere don Roque Sáenz Peña.

  El 9 de agosto de 1914, mientras ejercía la Presidencia de la República, fallecía don Roque Sáenz Peña, uno de los grandes políticos de la Historia Argentina, autor intelectual de la Ley que abrió el juego limpio en las elecciones.

Juventud de Roque.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA   Que pinturría tenía don Roque en sus mocedades. Y es que Roque, amén de un gran político, era un dandy, y un Héroe. Así como le digo. Era nieto de dos diputados totalmente afines al Restaurador, y nacio en pleno rosismo, el 19 de marzo de 1851. Su padre conformaba una tríada de jóvenes promesas grandes del Rosismo: Don Luís, don Bernardo de Irigoyen, que fueron grandes amigos, y Rufino de Elizalde. A la caída de don Juan Manuel, Elizalde saltó el charco, descaradamente, y se volcó al mitrismo; Don Bernardo esperó una gobernación de la mano de Urquiza, y don Luis se retiró al recato hogareño. El mitrismo, como cuenta Eduardo Wilde, enconado adversario de los “bartolistas”, le hizo la vida imposible y miserable a don Luís. Fue don Adolfo Alsina, con su fino olfato electoralista, el que trajo del recuerdo las figuras de Irigoyen y Sáenz Peña, que quedaron vinculados al alsinismo desde entonces.

  En tanto que la insigne figura joven de la familia, hacía sus primeras armas públicas:  Combatió la asonada mitrista en 1874, se recibió de abogado el año siguiente, y en el ’76 ya era diputado provincial, también por el alsinismo. Inició una amistad duradera con Carlos Pellegrini, Miguel Cané e Hipolito Yrigoyen. Pero un asunto familiar poco conocido, en el cual de resultas parece que Roque se enamoró de la hija de “la criada” familiar, lo llevó a tomar su determinación histórica: Parece que la chica en cuestión, era hija del mismísimo don Luis, y Roque, abrumado por la noticia, corrió a mostrar su vigor viril defendiendo al Perú en su guerra contra Chile.

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El Héroe del Perú.

   Saenz Peña en PerúHacia el Pacífico volcó Roque su destino de valiente y hombre de honor. Destacó particularmente en la batalla de Arica, que duró diez días, y que significó el final de la Guerra del Pacífico, en favor de los chilenos. Tomado prisionero, el oficial trasandino traza un perfil sobre él:

“Don Roque Sáenz Peña sigue tranquilo, impasible; alguien me dice que es argentino; me fijo entonces más en él; es alto, lleva bigote y barba puntudita; su porte no es muy marcial, porque es algo gibado; representa unos 32 años; viste levita azul negra, como de marino; el cinturón, los tiros del sable, que no tiene, encima del levita; pantalón borlón, de color un poco gris; botas granaderas y gorra, que mantiene militarmente. A primera vista se nota al hombre culto, de mundo. Más tarde entregó mis prisioneros a la Superioridad Militar, que los deposita, primero en la Aduana, y después los embarcan en el Itata.”

Ricardo Silva Arriagada.
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El Héroe en Buenos Aires, militancia juarista.

  A poco de su arribo, tras ser liberado de una cárcel chilena, don Bernardo de Irigoyen, canciller del flamante Presidente Julio Roca, lo llama a su encuentro, y lo nombra subsecretario. Tiene poco menos de 30 años y ya muestra el perfil que lo destacará el resto de su vida: Honorabilidad en las cuestiones públicas, independencia de criterio, ‘progresista’ dentro del Régimen pergeñado por Roca. Y un americanismo a prueba de bala. No cuajaban sus quilates dentro del Roquismo, y rompió tempranamente con él, sin sacar pasar abiertamente a la oposición , como Hipólito Yrigoyen. Con Pellegrini, Exequiel Ramos Mexía, y otro gran amigo, Paul Groussac, fundan una revista “Sud América”. Vencedor Miguel Juárez Celman de la contienda presidencial, Roque se ligó al ‘juarizmo’, sin llegar a ser un incondicional. Tuvo un papel de relieve en las Conferencias de Washington, donde rebatió el “panamericanismo” con su famosa frase: “América para la humanidad”. Juárez lo nombró Canciller, cargo que ocupó efímeramente, debido a la caída del Presidente. Pellegrini, sucesor en el cargo, lo nombró en el trascendental cargo de Presidente del Banco Nacional, donde tuvo un papel deslucido.

Lamento que circunstancias ajenas a mi voluntad, pero no extrañas a mi corazón, me impidan aceptar el alto honor”.

  Caído Juárez, fuertes los radicales, un grupo de notables, encabezados por el gobernador de Buenos Aires, Julio Costa, lanzó a la contienda presidencial el nombre de Roque Sáenz Peña. Era una declaración de afrenta al propio Roca, y a su aliado circunstancial, Mitre. Pellegrini les brindó todo su apoyo presidencial, y se los llamó “Modernistas”. Quedaban dos candidaturas en pie: La de Roque, y la de don Bernardo, que insistía en retirarse para apoyar una candidatura moral: La de su entrañable amigo, y padre de Roque, don Luís. Roca, con ese olfato de viejo zorro de la política, pergeñeó otra de las suyas, le ofreció, por intermedio de Mitre, la candidatura a don Luis, que aceptó, increíblemente, complacido. Pensó que su hijo y su gran amigo lo aceptarían, pero los dos rompieron ruidosamente con él. Cómo son, las cosas de la ambición, a veces. Pero lo que nunca entenderé, es porque Roca, y Pellegrini con él, se la jugaron por ese viejo sin carácter, ni historia política (más allá de una perdida vicegobernación bonaerense) ni grupos de amigos partidarios (como al menos tenía un Manuel Quintana, ejemplo) para llevarlo a la Presidencia. La cuestión es que Roque abdicó de su candidatura, dejando desaireados a sus amigos que se la jugaron por él.

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El regreso.

  Firme en su antirroquismo, y mencionado por Alem, en alguna de sus furibundas declaraciones como que “se iba a arreglar con el pérfido de mi sobrino”, Roque militó, siempre desde la posición cómoda y equidistante que le daba su posición social y económica, contra Roca. Y siempre reconociendo a Pellegrini, como a su jefe, y junto a viejos jóvenes juaristas, como Ramón Cárcano, Estanislao Zeballos, Indalecio Gómez, Groussac. Pero solamente volvió a la función pública, cuando otro juarista antirroquista, como José Figueroa Alcorta, alcanzó la Presidencia, por muerte de su titular, Manuel Quintana. Era el tiempo de los “Modernistas”, y de Pellegrini. Súbitamente, el “Gringo” falleció, Y Figueroa se encontró con que Roca, el mitrismo en la figura del hijo de don Bartolus, Emilio, y el gdor. bonaerense, Marcelino Ugarte, le movían el suelo. A todos se los deglutió el Presidente, llevando de “prepo”, a la Presidencia, a su viejo conocido, don Roque Sáenz Peña.

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Presidente de la República.

   Roque Sáenz Peña El 12 de octubre de 1910 asumió la Presidencia. Días antes tuvo una reunión secreta con Yrigoyen, ya convertido en el emblema del Radicalismo. La preponderancia histórica de Roca había terminado, La de Yrigoyen estaba en ciernes. Condujo Roque el barco en el medio de tamañas personalidades públicas. Prometió a Hipólito, puesto que se tuteaban, una ley electoral para que abandone sus conspiraciones; E Hipólito le retrucó con todo un plan de reformas, que llevaría a cabo en su Presidencia. “Una cosa sí, la otra esperemos, Hipólito, ¿para qué exagerar?”. Con su ministro del interior, el olvidado Indalecio Gómez, confrontó con los reductos conservadores en las Cámaras Nacionales, sacando la Ley Electoral, que tuvo su estreno en la pcia. de Santa Fe, en marzo de 1912. Los radicales, ganaron, pero Yrigoyen tuvo palabras desalentadoras: “Me venció el ensayo”.

   La salud de Roque, encima, empeoraba. Posiblemente, una sífilis contraída en sus años mozos, lo tenía a mal traer, y a solicitar prolongadas licencias, que alarmaron a los elementos conservadores del Congreso. Un durísimo debate, que cuestionaba el honor del Presidente se manifestó en las Cámaras, donde los amigos de Roque, más los radicales, y don Alfredo Palacios, defendían al Presidente, batiéndose en extraordinarias oratorias parlamentarias. Como ahora, jeh.

  Don Roque estaba viviendo sus últimos días, pero aún así, encomió a Gómez a defender su famosa Ley. También fue un presidente preocupado por la condición social de los pueblos que constituyen la República. Todo, acaso, pensó, se solucionaba con una Ley Electoral que les permitiera proponer su ideario político. Era un cabal creyente de la política como articuladora del bienestar general. Fue un encomiable, político, de esos que tanta falta nos hacen. Por eso estas líneas, este recuerdo. Por eso, este mojón de tristeza al recordarlo, a los cien años de su fallecimiento, Que se produjo, cuando en el páis llegaban las noticias, que se había iniciado, la Primera Guerra Mundial.

  Salve, doctor Roque, Grandes como Usted, hacen histórica y grande, la palabra Argentina.

He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario, quiera el pueblo votar.

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