Carlos Pistelli

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Presidencia Pinedo. Rimbombante crónica. 

-¡Hacé algo, no me quiere entregar la banda!,

   Sintió un alivio al colgarle el teléfono. Sabía que se venían días tensos. Se llevó las manos a la cara, y se peinó los cabellos canos hasta la nuca, “Otra vez mi familia deberá salvar las instituciones”. Se abrochó el saco, y, supo, en ese momento, lo que tenía que hacer.

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pinedo1

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EL PRESIDENTE.

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  Eran las 23:45 del 9 de diciembre de 2015. Ya se sabía que ni la cuenta del twitter les dejaban. Pinedo me mandó llamar, y me esperó en su oficina del Senado. Quería un cronista histórico para esas horas fatales y conmovedoras de estos tiempos argentinos. Me dio un abrazo, el primer abrazo histórico, y a las 23;50 pedimos un taxi a Plaza de Mayo,

  Lo que vimos al parar cruzando el Cabildo, por Yrigoyen, era desolador. Una plaza histórica en ruinas, cubiertas quemadas, las luces de la Casa de Gobierno apagadas, a propósito, no por un corte energético. Suspiró, pero no me dijo nada, Es de los hombres destinados a las grandes cosas, que no quieren vanagloriarse de momentos como éste. Caminamos a la par. Les juro que pasaba gente que no lo reconocía. Debe haberse sentido como Levingston, pero no me dijo nada, tampoco entonces. Llegamos a la puerta por Alem. Ella bajaba sus últimas cosas. Se cruzaron, en un breve diálogo.

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Me voy más grande que Perón e Yrigoyen, él apenas asintió, pensó para sus adentros, “A esos también mi familia los sacó de una patada en el orto”. Tome las llaves, Federico, un gusto, y que Dios se las depare buenas. Y se fue, sin mirar atrás. Mientras la veíamos irse, le di la mano.

-Señor Presidente, tenemos que entrar, le dijo alguien de protocolo.

 Entró dando pasos firmes. Me emocioné cuando los granaderos le hicieron la venia, avanzamos saludando a la poca gente que quedaba dentro. Parecía un salón de fiestas que acababa de terminar. Mugre, desorden, retratos populares grafitis invitando a “volver”. Sacó un celular y llamó a una empresa de limpieza. Me sorprendí, y apenas me dijo, “El estado no sirve, hasta empresas de limpieza hay que contratar para que el país funcione”.

  De pronto, nos sobresaltó un hombre todavía joven, arrojado en el suelo, abrazado a un sillón. Con un chasquido y el dedo índice, el Presidente ordenó que lo retiren: Era el radical Santoro, que no quería irse. “Quiero mi conchabo”, aullaba. El Presidente se sonrió, “son capaces de  vender a su madre por un curro… estos radicales”. Y soltó la carcajada.

 Llegamos al despacho presidencial. Solemnemente, nos pidió que lo esperemos. Ingresó solo. Dos minutos esperamos. Pensé, ‘su ego necesita unos minutos a solas’, pero luego me explicó: “un caballero no debe permitir que se vea cómo deja una habitación una dama, tras mandarse tantas cagadas”. Comprendí cabalmente sus palabras.

   Se sentó en el sillón, pero pidió que no le saquen fotos. Sus secretarios retiraban las últimas pertenencias de Cristina, y colgaban tres retratos: “Los tres libertadores: San Martín, Urquiza, Lonardi”. Ud es el cuarto, le dijo un adláter, pero lo mandó a callar. En escritorio, fotos de su mujer, sus hijos, y su abuelo, y el de su señora: “Estos dos debieron sentarse aquí”, y entonces los pocos presentes iniciaron un breve, respetuoso y cálido aplauso. Pidió que se detuvieran y me invitó al momento histórico de su presidencia: asomarnos al balcón histórico. Le pedí un gesto demagógico: Entonces la foto que lo recordará por siempre:

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INICIO DE LA PRESIDENCIA .

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 No pasaban de los quince minutos de la una de la madrugada, cuando tomó el teléfono. “Señorita, comuníqueme con el Salón Oval”. Quedamos sorprendidos todos allí. “Barack, Federico, sí, sí, lo que vos digas. Sí, sí, que no hablas castellano, y toda la bola. No armes quilombo por doce horas. No digas que no te advertí”, y cortó de un golpe seco. “A estos negros…  A estos tipos, digo, hay que tenerlos así”.

  Dictó algunos decretos, y, se sorprendió así mismo, tal vez con un pensamiento, y pidió que le traigan al escribano de gobierno. Departía conmigo un café que me invitó y pagó de su bolsillo, “Jamás me escucharán quejándome que gano poco”, cuando el escribano ingresó.

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-Debo armar gabinete?, me siento un patrón de estancia, aquí. El escribano guardó prudencial silencio, y vi, al Presidente se le  escapó, y me agradecería cuando se lo conté luego, que llevaba su mano derecha al bolsillo del pantalón, como jugueteando con un objeto dentro. Supe que era un celular, y a los pocos segundos sonó el teléfono presidencial.

-Pinedo, ni se te ocurra hacer nada!! Sos el portero de la transición.

 Era un tal Marquitos Peña, que después se haría famoso. El Presidente se sacó del tubo de la oreja, y me miraba con sonrisa socarrona, como diciendo, este boludo jamás se sentará acá, y le cortó.

   A las dos de la mañana salimos a recorrer Casa de Gobierno. Con las manos entrelazadas en la espalda, comprendí la preocupación de este Grande Hombre. Nos dejan un país fundido, desendeudado, sí, pero con pobreza y sin estructuras de un aparato productivo. Una cosa es que el estado administra mal, y otra cosa es importar hasta los clavos. Me acaba de llamar Singer, ‘Espero que pagues hijo de puta, la guita que puse para que seas presidente’. Se equivocó de interlocutor, pero ahí te das cuenta, en el brete que estamos metidos. Al llegar al patio de las palmeras, nos encontramos con una joven que dormía plácidamente. Llevaba una remera del movimiento evita. Ves, esta gente, la del evita, siempre le será fiel a Cristina. Ojalá podamos constituir partidarios tan fieles. Lo miré, y note su apesumbramiento. Luego ordenó que la saquen a patadas en el culo.

  Con el tiempo, ahora que escribo este artículo, comprendo que el estadista Pinedo a veces también se equivoca. Recuerdo sus conversaciones con los presidentes efímeros a los cuáles les robó el récord. Puerta lo abrazó, y le agradeció la embajada en Madrid. Camaño fue más duro: vos habrás salvado la institucionalización, pero yo salvé la Patria. Muchas cosas pasaron por su mente esas primeras horas de gobierno. De algunas que recuerdo me haya contado, sus charlas con el abuelo. Federico, hijo, los Alvear siempre se enorgullecieron que pusieron un Presidente. Tenemos que romperle el culo a esos botarates, y crear uno mejor que ese populista de Marcelo. Lo escucho, contándomelo. Me doy cuenta que lo decía con satisfacción.

  A eso de las tres lo llamó su hermano peronista.

Qué hacés gorila, le espetó el hermano, y rieron de buena gana. Quedate tranquilo que desarticule los saqueos que se preparaban. Vas a tener una presidencia en paz. Escuchamos su suspirio de alivio. Ahora sí me siento Presidente.

  El enésimo café que nos sirvieron estaba medio aguado pero no se quejó. El mozo quedó sorprendido, comprendió que las cosas habían cambiado, que se le iba a tratar con respeto, y cortesía. Al entrevistarlo unas semanas después, me dijo, ‘Han puesto un caballero en la Presidencia. Una pena que haya durado tan poco’. Lo mismo me dirán los otros empleados. Unos granaderos me contaron una anécdota inverosímil, pero dado sus apellidos, la di por cierta.

Le dijimos que la fuerza resistiría si él se animaba a quedarse. Que no permitiera que subiera el que viene, porque era sordo para los asuntos del pueblo. Que resistiera. Pero el presidente se negó y nos retiró de su presencia. Los granaderos se apellidan Belgrano y Saavedra. Como ingresé luego de que ellos mantuvieron esa entrevista, ahora entiendo porque el Presidente me preguntó cómo terminó Liniers. Por un tiempo largo no visitaré Córdoba, me dijo. Ahora entiendo.

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Una de sus fotos oficiales como Presidente. Su abuelo, y el general Roca, “un gran presidente, el mejor”, me dijo.

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ALBORES DEL AMANECER DEL 10.

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  Eran como las 5 de la matina, y el sol del 10 asomaba. Convocó a sus más estrechos colaboradores, y pidió un minuto de respeto a las víctimas de la última dictadura civil, Un cerrado aplauso coronó ese momento solemne que vivimos todos. El teléfono presidencial sonó, y corrió ágilmente a atenderlo.

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-Su Santidad, es un gusto, y un honor, recibir su llamado. El Papa Francisco llamaba para saludarlo. Les juro que gente lloraba, y la sonrisa presidencial iba de una oreja, a la otra. Al cortar, hubo encendidos discursos de su pequeña concurrencia, que él aplacó con las palmas para abajo, pidiendo que lo dejen solo, sentando en el sillón.

  Media hora después me permitía entrar. Estaba escribiendo unas notas, que esperaba me ayudaran a escribir este artículo alguna vez. Su ceño fruncido revelaba estar pensando en cuestiones de estado. Había llamado al tesorero del Banco Central. Datos alarmantes, prácticamente estamos fundidos. Atiné a preguntar, “tan mal hizo las cosas Kicillof”, no, ese pibe no entiende nada, pero no hablaba del Banco Central. Y quedó un misterio flotando en el ambiente. Como seguía ensimismado en sus pensamientos, le conté la historia de la asunción de Pellegrini pidiendo plata a los millonarios de su tiempo. Me clavó una mirada helada: Aunque estos que se van fueron peores que Juárez Celman, y sus acólitos de incondicionales fueron superiores a La Cámpora, Dígame Ud. quién carajo pone un peso en este país!. Quedé pálido. Luego me pidió disculpas, seguía siendo un gentleman.

  A las seis y quince sonó su celular. El Presidente dormitaba, tomó el teléfono, y escuché una melodía del otro lado de la línea. ‘Quién’ le hice con un gesto. El Presidente empalideció, quedando mudo, tomé el celular de su mano. Sonaba la melodía del “Padrino”, y el celular tiraba tres luces, anunciando que “Franco” era el que llamaba. Una voz italo argentina finamente dijo:

– Dígale que le deje las cosas ordenadas a Mauricio, y no le pasará nada.

  Prolongamos el silencio largos, e interminables, minutos. A modo de broma, le dije, la esperanza norteamericana, Jack Kennedy, tenía un papá medio así. 

– Me acordaré de eso cuando el Presidente me pida ir a Dallas…

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LA TRANSICIÓN 

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  A las 7:30 discó un número que parecía conocer solamente él:

¿Hola, Rosa?, Sí, Federico, me pasás con… Ah, está dormido. ¿Y Juliana?, Ah, en los talleres desmantelando evidencia. ¿Hay alguien despierto?, ¿Antonia?, Pasamelá. Hola, Antonita… Señorita Antonia, discúlpeme. Sí, yo llamaba… Ah, Ud. me mandó un mail. Ok, ¿Ud me detalla todo por ahí?, Ok, Ok, Ok. Cómo no, sí, sí, Lo que Ud. diga. Un be… Un saludo cordial, no vuelvo a molestar – se volvió hacia mí – Listo, abrochado el traspaso. ¿Qué quiere desayunar?, pida lo que quiera. Le pedí, de puro pedigüeño, unos alfajores de la isla Martín García. ¡Espléndido!, Mando el helicóptero presidencial, así no nos vamos como Fernando. Y estallamos en risas.

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  El Presidente desayunó de buen grado, mientras poníamos por primera vez la televisión: TN transmitía en directo desde la casa del futuro Jefe de Estado.

Bueno, estimado, cuando Mauricio desaparezca del balcón, habrá que aprontar todo, dijo limpiándose la comisura de los labios. Estaba contento. Había cumplido con creces su papel. Estaba un poco molesto, solamente, con el acampe de Milagros Sala en Jujuy, pero confiaba en el proceso institucional que iniciaría Morales: Es un hombre que respeta las instituciones, Haciendo las cosas bien, esa mujer debiera terminar encarcelada por la justicia. Asentí sin convencimiento.

  Un allegado le alcanzó el saco. Pidió que le dejen solo, un instante. Se sentó en el sillón, pasó sus manos por el respaldar. Sabía que era su última vez en el puesto. Estoy convencido, me dijo, como dijo San Martín, que un político glorioso no debe volver a ocupar este puesto. Tal vez deba irme algunos días al campo, para no ensombrecer la nueva gestión. Sé que me quieren dar un papel preponderante en el Senado, porque no confían en las habilidades de Gabriela. ¿Pero Ud. se imagina, en la calle, la gente pidiéndome qué vuelva?. No, sería demasiado. Soy un cultor de las instituciones, cultivo normativas constitucionales en mi vida pública, para ofender a un amigo. Lo único, me gustaría asomarme a ese balcón histórico, aunque más no sea una vez más, y siendo de día. Se asomó, conmigo detrás: Un grito resonó desde la histórica Plaza:

-¡Federico no te vayas nunca!, y lloró, yo sé que lloró, aunque volviéndose me dijo: Ve lo que le digo, ve.

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EPÍLOGO 

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  La última vez que hablamos, hará unos meses atrás, le comenté la famosa foto del perro Balcarce en el sillón presidencial.

Fue un claro mensaje enviado a mi persona, como diciendo, cualquiera se sienta en este sillón. Cosas de niño rico, Se olvida que tengo un tío que depuso a un Balcarce, y puedo volver a hacerlo. Además, mejor. Si sale de gira, que deje al perro, porque si deja en su lugar a la vicepresidenta… y no terminó la frase.

  Quedamos en encontrarnos, pero después de su sonado episodio con su dieta, y que no le alcanzaba para vivir, no lo quise ver, para no quemarme. Me mandó un whatsapp días después: “Tu quoque, Brutus”, la cita era de rigor, pero no le contesté. Era como manchar esas doce horas de gloria que viví a su lado, al lado del mejor Presidente de la Historia Argentina. Sé que no va a volver, porque ya no lo ambiciona. Llegó en un país en llamas, y lo dejó ordenado, y listo para dar su verdadero despegue histórico. Que la historia, y el pueblo lo juzgue, siempre añoraremos, al Presidente que salvó la institucionalidad del país. Como le dijera un allegado, “nuestro cuarto libertador”:

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