Carlos Pistelli

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MITRE, doscientos años de la Rata Carnicera. III-La Secesión.

31 de mayo de 1855: Sierra Chica. Empieza la victoriosa carrera militar del Coronel.

Tras Morón, que los brasileños llaman Caseros, Calfucurá atacó Bahía Blanca a los pocos días de enterarse el desenlace. Una cosa era la paz con Rozas, otra con los que vendrían después. Había que volverse a sentar a negociar.
Claro está, Desde el 3 de febrero Bs. As. vivía en estado de guerra intestina y nada podían hacer contra el Gran Gulmen del sur, que obraba a sus anchas. Con el status quo del invierno de 1853, no cejaron las depredaciones indias. Y, encima, don Manuelito Namuncurá, hijo y padre de nombres que la historia recuerda, firmó en nombre de su familia un pacto con Urquiza, Presidente dela Confederación. Las dos confederaciones, confluirían sobre el Puerto.
Y a todo esto, el eterno socio de Don Juan Manuel (y Buenos Aires), Catriel el viejo espera en vano cansado que “le cumplan las prestaciones que con Rosas se pagaban puntualmente”, y se levanta en armas. Obran juntos al Gran Gulmen en los campos de Azul, y se llevan hasta 60,000 vacas. ¡Ni López con Rozas han tenido tantas en mano! Fue en febrero de 1855 y de modos sangrientos.
¡Debe tronar el escarmiento! Fue tal la repercusión en la legislatura, que nuestro mocito biografiado expresó entonces, Voy a salir en campaña a recuperar hasta la última cola de vaca. Si Maradona fue el gran hacedor de las frases argentinas, Mitre lo fue de las anti-argentinas (y de las que le salían siempre contra a lo que quería expresar) Son los dos grandes fraseólogos de la historia nacional.

Del arcón de la historia.

Hacia el interior profundo de las pampas fue el coronelito de la Patria. Le dieron un ejército pertrechado para una guerra (y una victoria) infantería, artillería y caballería. Por si las moscas, Mitre armó una tropilla al mando del comandante Laurenao Díez (y su propio hermano El Emilio) desde 25 de mayo, auxiliadora, para atacar al Gulmen entre pinzas. Lo había leído en alguna enciclopedia, y siempre funcionaban esas cosas. Catriel, siempre socio de Buenos Aires, pero harto de estar harto de los incumplimientos mitristas, adhiere a Calfucurá. Como es territorio propio, será el chileno el que deba adherirse al bonaerense.

El plan de pinzas debe ser ejecutado a la perfección. A mediados de mayo sale Mitre de Buenos Aires. Es un triunfo de antemano y la muchachada le arroja flores anticipados en su trayecto.

Catriel convoca a Calfucurá y a otros caciques menores a sus tiendas en Sierra Chica, a kilómetros de Azul y Tapalqué, en el corazón central de la provincia (actual) Mitre lo sabe por intermedio del Juez de Paz de la última, Coronel Martínez. Será un ataque sigiloso y sorpresivo, para tomarlos sin recaudos y en pinzas, para que no escapen al desierto. Algo falla, como siempre en esos planes mal ejhectudados que deben resolverse en camino. El baqueano de las tropas mitristas se pierde, a propósito o no, pero se pierde. Y Calfucurá llegará retrasado a la reunión, con lo cual el plan de pinzas no tendrá el efecto que se busca. Pero algo sí sale bien: Catriel y los que llegaron, no saben de la trampa en la que se encuentran.

El 27/5 Mitre sale de Azul, en las cercanías de donde acampa Catriel. Sigiloso, comiendo mal para no despertar sospechas, y perdiéndose en los campos para no ser descubiertos. Es el 31 al clarear, que divisan tiendas.

Los indios no son ningunos giles. Y unas piedras de las sierras hacen confundir al no avezado. Hacen creer que son tiendas. La vanguardia de Mitre ataca con furia a naides. Catriel y los suyos se amanecen en combate y se alistan: son menos de la mitad. Aún así, la sorpresa hace efecto y la vanguardia logra triunfos significativos. Mitre en persona se presenta y el combate da comienzo intensamente.
El coronelito comprende que su tropa no es dada a acatar órdenes y se desordena indisciplinadamente, quedando a merced del enemigo: saqueos, avances por su cuenta, encerronas inverosímiles, y sesenta tipos que mal rodeados y a punto de la muerte. Al promediar la mañana, Catriel es dueño del campo y el Coronelito debe sacar jugo de su ingenio. Su buena artillería lo destrozará y escarmentará, haciéndole pomada la caballada, batiéndolo en retirada. Exactamente, eso pasa: Catriel apenas contiene a los suyos, pero sucede lo inesperado. La propia caballada porteña huye y en su escape Catriel se las queda. Qué poco vale un paisano, sin caballo y bueno, no en Montiel, pero sí en las montañitas. Mitre rompe fuego y se refugia en los altos, formando cuadros, sin caballada, y a la espera de Díaz, pues se escuchan cañonazos a lo lejos como que el tipo viene llegando.

Es Calfucurá. El Coronelito está rodeado, y vencido.

El día transcurre entre escaramuzas menores pero los oficiales mayores le avisan quel mal apenas comienza: Por la noche no hay quien impida que los hagan percha. Una llovizna tenue cala los huesos. Mitre medita, y concibe el mayor escape de la historia, “su cancha rayada”. Dejan prendidos fuegos, Dejan todos los bagajes, piezas de artillería, y a puntitas de pie descienden por unas faldas escabrosas donde los indios ni esperaban que pudieran escapar. La policía de Tandil, avisada, le manda algunos jinetes, y le cubren el resto. Será, esa noche del 31 al 1°, la noche triste de Hernán Mitre Cortés. A pie, en silencio, llevando algunos infantes heridos a cococho. 250 bajas cuentan, sin saber de Díaz y su gente. De ahí se vuelve a Buenos Aires.
Sarmiento lo recibe en triunfo y en banquete: El desierto es inconquistable, dice el Coronelito, para la Historia, cuyo parte de la batalla también es un plato, mintiendo la cantidad de combatientes para salvar su dignidad. Por dos años, Calfucurá (Catriel, siempre porteñista, arregla) será el amo de las pampas. El mayor papelón de la historia, guardado en los baúles del recuerdo.

El porteñismo.

Los pueblos se mantenían federales, anque rosistas. Los conservadores, los llama Rosa, donde manda Lorenzo Torres y gobierna Pastor Obligado, los usan en desmedro de la juventud liberal y celeste liderada por Valentín Alsina, donde Vélez es el jefe y Mitre el ídolo (Rosa) El status quo firmado con la Confederación se debía básicamente a dos cosas: Urquiza no tenía fuerzas para derrotarlos, pero tampoco la pandilla (por su escaso número) de Vélez Sarfield para sostenerse. En el miedo al otro convivían con invasiones y miedos de levantamientos frecuentes. Mitre, entonces ministro de la guerra, y Vélez con Sarmiento en los periódicos sostenían a duras penas sus posiciones. El Pueblo, federal, anque rosista, era espectador pobre de las lides politequeras porteñas.

Con el paso del tiempo, Mitre inicia su gran pasión: El mentir la historia, un fraude bien sazonado, como cuando su Lista amarilla le ganó las elecciones a Urquiza en el ’52: La tempestad nos ha disuelto y los días hermosos a que felizmente hemos alcanzado, nos convidan a elevarnos a las regiones puras y serenas de espíritu. Tenemos una religión en el alma, pero nos falta un templo en que congregarnos. Con esas palabras del 3 de septiembre de 1854, convoca al Instituto Histórico Geográfico, que dará comienzo al estudio historiográfico argentino, a la porteña, antipopular y liberalista. Inicia su libro sobre Belgrano, su primera y brillante obra, y bajo sus auspicios brega para el sueño porteño: Es agosto de 1857, cuando en la Plaza Once de Septiembre, que honra la ruptura con los 13 ranchos, elevan al Olimpo de los próceres, los restos de Rivadavia. Vaya y orine, noble argentino, cuando pueda. También lo hará en las exequias de Lavalle el 20 de enero de 1861, mintiendo osadamente:
Muchos pueden morir en defensa de una noble y grande causa: éstas son condiciones accesorias en un héroe republicano, Lo que es dado a pocos, es tener la grandeza de alma de Lavalle para hacerse superior a sus errores, confesándolos, procurando enmendarlos, y enmendándolos, haciendo superior a los que en presencia de las hecatombes de la tiranía le exigían la represalia como medio de hacer triunfar la causa de la libertad por el terror; y él les enseñó con el sacrificio generoso de la vida, que las causas de principios no pueden triunfar sino por medios análogos a sus fines, y que se triunfa mejor muriendo que matando. Félix Frías, el secretario del General, aunque opuesto al mitrismo, aplaude. Pedernera, segundo de Lavalle, quien salvara sus despojos, lo hace también en la vicepresidencia de la República. “El sacrificio generoso de la vida (…) se triunfa mejor muriendo que matando“, ¿Nos está diciendo Mitre, con el conocimiento de entrevistar a quiénes estuvieron con el bravo sin cerebro que se mató? Nadie lo dirá; Rozas el primero, al que Mitre le dedica en el famoso Juicio del ’57: Esta Cámara debía tener el coraje de colocarse a la altura de su misión para imponer (la confiscación de bienes) para que se sepa que todo el que enriquezca en el poder, por la confiscación y por el robo, ha de venir otro más alto que lo despoje de esa riqueza mal adquirida. Y si no hubiera una ley que nos guiara en esta obscuridad, debemos dictarla”. Miente descaradamente, y Rozas, a la distancia, se lo hará saber, pues de todas las acusaciones recibidas, el noble tirano solamente rechaza los cargos por corrupción. “Y si fuera ésta una ley de confiscación, por esa ley restaría, porque diría como la ley romana: Aplíquese a Rosas la ley que él le aplicó a los demás, y si él confiscó, impóngasele a él la pena de confiscación. Sin embargo, no se trata ahora de la confiscación, pero si se tratara, yo con la mano puesta sobre mi conciencia, votaría la ley que impusiera esa sentencia al tirano que enlutó esta tierra, saqueó el tesoro público y expolió a los ciudadanos”. También fallece el viejo Bruno, almirante Brown, y le dedica: Veneremos, señores, esos despojos, porque en ese cráneo helado por la muerte está incrustada la corona naval de la Rep´blica Argentina. ¡Adiós, noble y buen almirante! Adiós. Las sombras de Rosales, de Espora, de Drumond y de Bouchardo se levantarán para recibirte en la mansión misteriosa del sepulcro y mientras ellos te saludan con palmas en las manos, el pueblo de Buenos Aires llora la pérdida de su ilustre almirante.

Buenos Aires jurará una Constitución acorde a su situación de Estado. A Mitre se le escapa un artículo, que se perdió, misteriosamente, y si lo conocemos es por los comentarios de otros. En él desea que la situación secesionista permanezca. Que sea Buenos Aires la futura y gloriosa República del Río de la Plata, tal el nombre que se da, para eyectar para siempre de los trece ranchos. Unos años después, Urquiza lo hará percha en Cepeda, y a otra cosa mariposa.

Ya vendrán tiempos mejores….

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https://elarcondelahistoria.com/batalla-de-sierra-chica-31-05-1855/

http://www.revisionistas.com.ar/?p=2242

http://historiaojodehalcon.blogspot.com/2017/07/la-batalla-de-sierra-chica.html

Continuará…

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