Carlos Pistelli

Blog debate de Historia Nacional, SUSCRÍBASE YA

La Constitución.

El 20 de noviembre de 1852 (vaya fecha), el ministro Luis José de la Peña inauguró el Congreso, en nombre de Urquiza, atenido a los disgustos con los porteños:

“Augustos diputados: Saludo en vosotros a la Nación Argentina.
El deseo de muchos años se cumple en este día…. Diré algunas palabras de mi mismo. Los que no me han comprendido me calumnian… he sido un soldado leal a mi bandera (sic) un patriota de conciencia. Acato todas nuestras glorias, venero todos nuestros mártires. He sido, lo soy, y lo seré, argentino ante todo. Loco y traidor me llamó el tirano y yo le contesté con el silencio del desprecio. No puedo ahora sino contestar con el mismo lenguaje a los que me llaman sanguinario y ambicioso. “Yo he dejado libre de toda influencia la voluntad de los pueblos que representáis. Seré el primero en acatar y obedecer vuestras soberanas resoluciones.
“En este día solemne me es un deber grato hablaros de los antecedentes que han preparado vuestra instalación. Esta larga lucha que hemos sostenido entre hermanos, lucha heroica, embellecida con actos sublimes de valentía y desprendimiento, no era una lucha insensata y al acaso; era la pugna de principios políticos que no acertaron a capitular y e disputaron el triunfo. Un hombre astuto y favorecido por la posición quiso monopolizar el triunfo de estas ideas. Usurpó el lustre de victorias ajenas y, mal hermano, gobernante egoísta, se negó con malicia darnos participación en sus ventajas, exageró en realidad el principio unitario rechazado por la mayoría y pretendió con dilaciones y dificultades que él mismo creaba apartar el cumplimiento del pacto federal. El 1 de mayo de 1851 hice palpable a la nación esta falsía del gobernador de Buenos Aires. Yo quité la máscara hipócrita, La Providencia favoreció mi designio. La bondad de mi causa dio persuasión a mi palabra y valor a mis soldados. Suscité alianzas, alcancé empréstitos y capté la confianza de todos los argentinos. Resolví por las armas la larga y ensangrentada cuestión pendiente delante de Montevideo, y, de buen éxito, llegué hasta las puertas de Buenos Aires. El pronunciamiento del 1 de mayo que hice a las márgenes del Paraná (sic) tuvo su cumplimiento el 3 de febrero a las orillas del Plata. Constitución para la república llevaba escrito en mis banderas, y en el general don Juan Manuel de Rosas se venció el principal obstáculo para la realización de ese voto. Antagonista de su política, tomé un rumbo opuesto para dar uniformidad a los espíritus y a los intereses. La intolerancia, la persecución, el exterminio, fueron la base de su política; y yo adopté por divisa de la mía el olvido de todo lo pasado y la fusión de los partidos. No fui comprendido, no castigué como prebote y se me creyó tolerante con el crimen. Ocupado exclusivamente de crear y ayudar a construir la nación se me hizo distraer con susceptibilidades provinciales, La situación actual de la provincia de Buenos Aires y la ausencia de sus representantes la perjudican sobremanera, Porque amo al pueblo de Buenos Aires me duele la ausencia de sus representantes en este recinto, accidente transitorio. La geografía, la historia, los pactos, vinculan a Buenos Aires con el resto de la nación. En la bandera argentina hay espacio para más de catorce estrellas, pero no puede eclipsarse una sola.
“Sin embargo la República puede y tiene todos los elementos para constituirse durante esa ausencia temporal de Buenos Aires. Tiene puertos en contactos con el extranjero, aduanas que le dan renta, fuerzas para defenderse, unión de ideas y en los intereses. “Aprovechad, augustos representantes, de las lecciones de nuestra historia y dictad una constitución que haga imposible para en adelante la anarquía y el despotismo. Ambos monstruos nos han devorado. Uno nos ha llenado de sangre, el otro de sangre y de vergüenza. La luz del cielo y el amor a la patria os iluminen”.
(En Pepe Rosa, edición 6 de sus libros de Historia Argentina)

Todos tenían el libro de Alberdi a mano, verdaderas bases de la Constitución, y un libro muy mal traducido de la Constitución norteamericana de 1787.

Las cosas no pintaban bien para los convencionales, pero Urquiza les impuso de sus tareas. Se armó una comisión redactora.: Gutiérrez y Gorostiaga, de su hechura, dos viejos conocidos, Leiva y Ferré, más su coterráneo Díaz Colodrero: Estos tres antirrosistas con actuación en Corrientes. Pero pasó como anunciara Rozas contra López por la Comisión Representativa del ’31 y su Carta de la Hacienda de Figueroa. Los leguleyos que componían la Convención, algunos con carrera política para darse cuenta de los tiempos, jugaron con libertad. Todos, absolutamente todos, le debían sus cargos y sus dietas a Urquiza que los hizo elegir sugiriendo a los caudillos y gobernadores. Inaugurado el Congreso, se creyeron depositarios de la representatividad de la Nación, y jugaron cuando no sin Urquiza, contra Urquiza. El Castellano, que no era tirano, pero era más vivo que la miércoles, les cortaba el pago de la dieta: Los más se adaptaban, los menos eran rajados.

Se fueron armando dos o varios grupos mientras soportaban los calores santafesinos del cambio de año. Los ultramontanos, los llamo, que no querían saber nada con libertades de culto, componendas con los unitarios (y en especial con los porteños secesionistas), integrada por Campillo, Centeno, el jefe, Colodrero, Fray Pérez y Leiva; los unitarios (ocho en total, llamados a ser liderados por Zavalía, y no por Carril), los dialoguistas-definición personal- que querían atemperar el liderazgo de Urquiza (Gondra, santiagueño electo por San Luís con venia de Urquiza, Ferré y Zuviría, presidente del Congreso), y los urquicistas (8) propiamente dichos.

A fines de enero de 1853 se produce el primer sacudón: la guerra civil en Bs As con el levantamiento de Lagos provoca la intervención de Urquiza con autorización del Congreso. Hay ambiente de paz porque no hay medios para una nueva y reencendida lucha de unitarios y federales. Urquiza consiente: Su ministro Peña, Ferré y el Presidente Zuviría ceden ante Buenos Aires (representada por el general Paz, el serpentista Vélez, Nicolás Avellaneda y el rosista Torres) Urquiza profiere los ternos acostumbrados “Yo no soy traidor, Yo no soy traidor”, grita, “antes me corto la mano izquierda que firmar ese tratado”. Es la guerra y el sitio de Buenos Aires.

EN SANTA FE.

En veinte días Gorostiaga escribe el anteproyecto. Lo somete a la Comisión. Es algo más que la transcripción de las Bases de Alberdi.

Urquiza -buen catador de talentos- lo designó asesor de gobierno y auditor de guerra y marina. Víctor Gálvez (seudónimo del  historiador Vicente Quesada), en su libro “Memorias de un viejo”, nos recuerda su aspecto físico: “Tenía la barba negra, el cabello ensortijado y compacto, el ojo de mirada ardiente y expresiva, rasgos muy acentuados en su fisonomía que le daba el aspecto de un hombre resuelto; su voz clara y sonora era notable, y como orador gozó de fama. Era afable, pero algo grave; su carácter natural es áspero y tal vez altivo. Es hijo de sus obras; su fortuna y su fama se la debe a sí mismo. Ha tenido reputación de abogado capaz y fue un estudiante famoso desde el colegio de los jesuitas. El Gral. Urquiza le dispensaba gran consideración… gustábale el ambiente apacible del hogar”. La deferencia del Gral. Urquiza hacia su persona  se evidencia no sólo en las designaciones con que lo distinguiera, sino también en su famoso brindis: “Por los ilustres compatriotas cuyos consejos no me abandonaron en difíciles momentos y a los cuales es debido, tal vez, el triunfo de nuestras instituciones: por los Dres. del Carril y Gorostiaga”.

En http://olazapallero.blogspot.com/2011/01/jose-benjamin-gorostiaga-hacedor-e.html

Leiva, Colodrero y Ferré se oponen. La ven como desvaríos de Alberdi sin sentido de la realidad argenta. Se les une la mayoría de los diputados federales. Huergo, en antesalas, defiende a su colega Gorostiaga: Junto a Gutiérrez son la voz de Urquiza en la Convención. Apenas llega Derqui, por Córdoba, tras una misión en Asunción, y une a toda la tropa tras los urquicistas: ya no hay más grupos que los que quieren la Constitución (el círculo los llamará Sarmiento por infidencias de su amigo el convecino Godoy) y los que no, por impolítica, irreal y antipopular. Urquiza les corta la dieta a los remolones, por si las moscas, y Gondra y Ruperto Pérez eyectan de Santa Fe. Hay golpes institucionales, propiosa de la premura de que salga la Carta Magna: Derqui y Zapata se incorporan a la Comisión Redactora: Protesta Ferré, y le ponen un buque en el Puerto: Corrientes siempre estuvo cerca, pero como Pujol, gobernador allá, tampoco lo quiere, don Pedro calla sus convicciones un tiempo, y, mandado a Bs As, precisamente para sacarlo de la Comisión, reemplazado por Zavalía. La Constitución fue una insistencia del General Urquiza, loado sea Dios.

Derqui, que era camandulero y lobbysta de éxitos ajenos, impone algunos días la discusión. Mientras se esperan los arreglos del General con Buenos Aires, inicia el otoño en deliberaciones hasta donde pueden llegar los alcances constitucionales. El lío es el tema religión. Centeno es abiertamente crítico, sin ambages. Leiva, más por conveniencia que convicción, adhiere y argumenta. La Convención ahora se divide entre chupacirios y laicistas. Se tiran con todo, que se repetirán en las sesiones del debate. En los cruces, las cenas, misas, algún diario que se publica para contar lo que pasa, Centeno lleva las sotanas bien puestas. Gorostiaga devuelve guantazos. Cuenta Ricardo López Gottig, en su LA CUESTIÓN RELIGIOSA EN LA CONVENCIÓN CONSTITUYENTE DE 1853:

Los intelectuales de la denominada Generación de 1837 sostenían la libertad de cultos, pero comprendían que sus compatriotas eran reacios a la aceptación de la diversidad religiosa. (…) Con la discusión del art. 2° del proyecto de Constitución, se planteó la cuestión religiosa en términos duros e hirientes para quienes no profesaban el culto católico apostólico romano. Gorostiaga escribió el artículo, que quedó, en definitiva, del siguiente modo: Art. 2 – El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano. Centeno y Leiva se opondrán duramente en los debates. Dirá el primero, “La Religión Católica Apostólica Romana, como única y sola verdadera, es exclusivamente la del Estado. El gobierno federal la acata, sostiene y protege, particularmente para el libre ejercicio de su Culto público. Y todos los habitantes de la Confederación le tributan respeto, sumisión y obediencia“. Leiva, más político, menos mal!, “La Religión Católica Apostólica Romana (única verdadera) es la Religión del Estado; las autoridades le deben toda protección, y los habitantes veneración y respeto“. La cosa iba a resolverse por los votos.

Finiquitada de malos modos la tregua con los porteños, Urquiza los conminó a sacar la Constitución para el 1° de mayo, aniversario del pronunciamiento. Zuviría, presidente de la Convención, lanza una filípica al corazón del Congreso, en la apertura de los debates el 20 de abril:

Buscando la libertad constitucional en libros o modelos y no en el estado de nuestros pueblos y nuestra propia historia hemos desacreditado esos mismos principios con su inoportuna y hasta ridícula aplicación ….empíricos, políticos alquimistas de la política ….La ciencia del legislador no está en saber los principios de derecho constitucional y aplicarlos sin más examen que el de su verdadera teórica….está en saberse guardar de las teorías desmedidas por los hechos…La instituciones no son sino la fórmula de las costumbres públicas, de los antecedentes, de las necesidades, carácter de los pueblos y expresión de su verdadero ser político”. Otra cosa “sería vaciar y acomodar los pueblos en la constitución en vez de acomodar y vaciar ésta en aquéllos”. Decía esas verdades aunque no dudaba que hacía el sacrificio de su crédito y popularidad”, pero, “en política como en moral, ocular la verdad, disfrazarla o negarla es perpetuar el error alejando el remedio”. (En pepe Rosa, tomo 6) Los urquicistas estallan contra el Presidente. Se arma una trifulca oratoria de excelencia. Eran tipos que hacía como veinte años que esperaban discutir el sexo de los ángeles, oprimidos por el yugo nacionalista del Dictador, van a perder la oportunidad de debatir, nada menos, que una Constitución!! Seguí, tertuliano de Manuelita, pide la palabra: Que se vote, ¡Será necesario declarar a la faz de América que los pueblos argentinos son inconstitucionales, que los pueblos argentinos son incapaz de gobierno!, con lo que repite palabras de su padrino Estanislao López en los debates del ’31. Se vota con los 18 presentes de 23 (Alvarado, por Salta nunca llegó, y hay enfermos ausentes)

14 a 4 por la Constitución. Urquiza ha prevalecido.

LOS DEBATES.

Del 21 al 30 de abril se debate el articulado. El tema religioso acapara toda la atención. El jueves 21 Centeno y Leiva atacaron el artículo dos como lo venían haciendo en las previas. Pero, además, el asiento definitivo de la capital. Leiva insistía que decidirlo, y, encima, en Buenos Aires, que estaba en secesión (palabras mías) y generaría problemas. “Va a venir una época”, dice el viejo ladino, “Que unos querrán llevarla a Córdoba” (Dios mío, no! palabras mías) “y eso provocará otro escándalo (absolutamente) Pero eran artilugios de viejos conocedores del paño de entorpecer y dilatar: En una carrera contra el tiempo salían los artículo como alfajores santafesinos.

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Se llegó a un punto al parecer álgido: la libertad de cultos (artículo 14) y la religión del Presidente. Gorostiaga pide por la primera, por respeto y temor a los ingleses. Díaz Colodrero, antirrosita fervoroso, devuelve un guantazo impensado: Rozas nos enseñó a no tenerles miedo a esas ‘grandes naciones’. Era tan criticada la posición de apertura religiosa, que Gorostiaga tenía que subir las escaleras sin tomarse de las barandas: se las llenaban de bosta de vaca para que aprendiese. Ferré, unido ya a los chupacirios, se va al carajo:

desde que todos los habitantes de la República tuviesen sin excepción alguna de este derecho, claro era que el Presidente de la Confederación y sus demás autoridades nacionales y provinciales podrían ser Judíos, Mahometanos o de cualesquier otra Secta. Que él encontraba en esto dificultades, inconvenientes y aun peligros. Que por uno de los artículos del Proyecto de Constitución se declaraba atribución del Presidente de la República el patronato y sostén del Culto Católico. ¿Qué cómo podía esperarse que un Presidente de Secta Judía, por ejemplo, protegiese las Iglesias Católicas, siendo enemigo de ese culto? Que cuando por algún acontecimiento feliz de la República tuviesen los argentinos que ir al Templo a dar gracias a Dios por medio de un Tedeum, ¿cómo era posible que los acompañasen sus magistrados si eran idólatras?” Pedro Ferré concluyó vaticinando que estos “escándalos” resentirían a los pueblos y que, alzados por un caudillo con la bandera de “Religión o muerte”, derrocarían a los gobernantes y a la Constitución. (López Gottig La Cuestión religiosa…)

Asustó a varios: el Presidente debía jurar como católico. Senadores y diputados, no. La noche del 30, la Constitución estaba terminada. El Primero, domingo, Zuviría pudo decir:

(…) Quiera el cielo seamos tan felices en nuestra obra, como él en la suya. Urquiza nos dio la Constitución. Gracias Castellano querido.

El falso zarévich

Escritor peso superwelter. Ensayos, crónicas, causeries. No sé qué es el Ser nacional. Pero dice Sarmiento: "si solventáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza, hallareis siempre el gaucho más o menos civilizado, pero siempre el gaucho”.

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